La inmensa cantidad de datos que os podría aportar referentes a este escurridizo y lácteo personaje, han sido procesados durante todo este tiempo, siguiendo el método Lempel Zewel Weight por mi gigantesca cabeza, obteniendo así información en estado puro, carente de redundancias.
Lo que sigue a la frase que sigue a la frase que sigue sigue a la frase siguiente a esta es el fruto de tan ingrata y cruel tarea. Es, por otra parte, el trabajo para el que he invertido gran parte de mi amenizable existencia, la cual no parece que llegue, de momento, a su final.
Dada la experiencia que me otorgan mis 26 años de existencia, os recomiendo que prestéis atención a cualquier explicación, sobre cualquier tema o materia, que se os de a lo largo de vuestra vida. Ahora tiemblo mientras escribo.
1978: EL PRIMER ENCUENTRO
Me encuentro por primera vez con Andrés Lewin en 1978. Considero extremadamente importante explicar el contexto en el que se produjo este histórico cruce de caminos.
Yo me encontraba de luna de miel con mi primera esposa en una isla del Pacífico Sur bastante limpia y con una sólida y eficaz red de servicios.
Nunca olvidaré el instante en que vi por primera vez a Andrés Lewin. Lo recuerdo perfectamente, con la nitidez que otorgan unas lentes de contacto permeables al gas, las cuales propician percibir mucho más feos al resto de seres humanos. Fue un domingo, lo recuerdo perfectamente, como dije: mi primera esposa y yo habíamos asistido perfectamente, como cada domingo, a la iglesia. Salíamos de forma ordenada del sagrado emplazamiento, acompañados de un sacerdote indígena que nos explicaba su particular visión de la triada “masa magra, hueso y espíritu”. Aún no habíamos acabado de despedirnos de tan particular e improductivo personaje, cuando el cielo, carente de nubes hasta aquel momento, se tornó en gris violáceo y comenzó a soplar y a resoplar un viento hediondo y muy grande y de color marrón y también y muy rápido y muy caliente.
Mi esposa y yo nos asombramos al ver decenas de toldos, con y sin publicidad, volando. Varias palmeras corrían a buscar refugio. También vimos cómo una mujer que no rebasaba la treintena con gesto hierático y el cuerpo completamente rígido, se dejaba caer desde la terraza del tercer piso, cayendo como si fuera un tronco. Mientras caía olvidábamos que caía, por tanto se puede decir que no cayó. Fue en aquel preciso instante cuando apareció Andrés Lewin con su inmenso acordeón, caminando con las manos en los bolsillos con un gesto grotesco que de una forma inexplicable, indicaba despreocupación. Parecía evidente que tenía algo que ver con todo aquello. Se acercó a nosotros y nos dijo, con una voz sobrenatural: “¡Soy maricon perdido!”, y comenzó a reír a carcajadas.
En un arranque de telúrico y atávico valor mi primera esposa, afamada heroína y experta en artes marciales, trató de golpear al cantautor lanzándole una patada. Éste la esquivó con sorprendente facilidad y siguió riendo a carcajadas, pero sin emitir ahora sonido alguno.
Tras esto, mi primera esposa y yo quedamos paralizados, el sacerdote había desaparecido, y Andrés Lewin nos miraba con gesto aseverativo. Estuvimos así unos cinco minutos, tras los cuales Andrés se fue con un evidente gesto de decepción que se reflejaba en su cara y en el arqueamiento de su espalda.
No volvimos a saber de este personaje de inverso modus vivendi y horrendo modus operandi.
SEGUNDA PARTE: 1984. TRAS LA DRAMÁTICA EXPERIENCIA DE MI DIVORCIO
Una vez superada la tormentosa etapa inmediatamente posterior a mi primer divorcio, comenzaba a atisbarse un tímido rayo de luz solar (seis mil quinientos grados kelvin) que con moderada pero vibrante intensidad iluminaban las zonas más oscuras del bosque húmedo en el que se encontraba mi espíritu.
Yo, por aquel entonces, salía con un espléndido ejemplar de modelo alemana, había retomado las riendas de la agencia y mis músculos abdominales volvían a ser apreciables. Coincidiendo con esta época, un día bastante lento, apareció frente a mí, al atravesar yo una esquina, Andrés Lewin, que parecía, por su aspecto, haber estado allí esperando durante meses. Recuerdo que me dijo “¡ah!”, fingiendo haberse asustado. Yo quedé perplejo. Él comenzó a caminar. Se marchó respondiendo una pregunta que no llegué a formularle. Él decía “porque no..., porque no, no...”
TERCERA PARTE: CONTACTO NATURAL
Para vidas un tanto adaptativas como son la mía y la de mis queridos amigotes, dar cabida en el seno de la unidad grupal, cualesquiera que fuere, como tantos otros, en algún momento, a personajes de flagrante indolencia, siempre deja un poso de cierto sentimiento de indefensión. No tanto es así, como que en algunos estómagos descansan los restos de aquellos hombres que no pudimos ser.
Un hecho es, ahora, después de todo este tiempo, evidente para mí: ¡alguien destapó la caja de las gallinas! Además, creo que sé quién fue.
La trayectoria artística de Andrés Lewin es desigual e idéntica, según se mire. Él comenzó su musical singladura como piano (el instrumento). Más tarde seguiría siendo piano hasta que una persona descubrió su voz angelical. Comenzó a ganarse la vida como cantautor, fueron tiempos difíciles.
En los años ’80, hundió el barco del éxito que aún no había llegado, alistándose en el ejército de los EEUU, para así poder participar en la invasión de la isla de Granada. En los marines, encuentra, momentáneamente, paz para su espíritu. Aquí puede desarrollarse hasta la plenitud tanto física como mental. No obstante, su brillante carrera militar pronto llegaría a su fin. Aquél no era su lugar. Amanerado como pocos, habiendo demostrado su intrepidez (o temeridad), y lo sanguinario de las apetencias de su yo más arcano, deja el ejército. Tras un pequeño tramo en el tiempo, en el que trabaja como escalera mecánica, retoma su carrera como cantante solista. De tendencias naturistas y un tanto indolentes, actúa desnudo y con la cabeza recubierta de hojas de acanto. Este rollo columna dura poco. Pronto se pasaría al hardcore minimalista y postindustrial.
Coincidiendo con el aumento de la popularidad de dicho estilo, Andrés Lewin, en un ejemplar ejercicio de elitismo estético, lo abandona. Es ahora cuando comienza su carrera como cantautor invertido. No se le escapa a nadie lo horrendo de su modus vivendi y modus operandi. No obstante, sus abyectos temas, eficaces corruptores de las débiles almas de nuestros jóvenes gozan de un gran éxito, y le sirven de catapulta para su carrera como personaje mediático. Su popularidad asciende como bíblica bola de fuego. Ahora, Andrés Lewin, adorado cual becerro de oro, es poseedor de un poder con pocos límites. Con él desaparece la sacrosanta división de poderes (helicoidal, axial y urinario).
Sin embargo, amigos, de él, o no; es que de sin tan embargo que es, apenas. Se obtiene una conclusión clara y concisa. A menudo, él no sabe nada, él no dice nada, él no escucha. Sus discos se venden por cientos de toneladas, tiene millones de amigos ¡ufff! Entonces ¿qué depara a Europa tras semejante trasiego de gente?, ¿temblores?, ¿agitación?, ¿inmensos lagos de dolor leve? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar por la seguridad y la felicidad de nuestros hijos? ¿Hasta cuándo esta ciudad de hermosos escombros parecerá una ciudad de hombres?, ¿cuándo esta ciudad perdida parecerá una ciudad encontrada? |